5 Claves Para La Fuerza Interna De 5 Años En Prision

Ross Ulbricht
11 min readJan 7, 2022

Por Ross Ulbricht (2018)

English version here.

El 8 de octubre del 2018 cumplí cinco años desde que fui encarcelado. Mis entornos físicos hoy son irónicamente similares a los de mi arresto inicial en el 2013. Estoy en el SHU de nuevo (Unidad Especial de Vivienda por sus siglas en inglés también conocido como el “hoyo”). Eso significa encierro permanente, separado de la población general de la prisión en una celda pequeña. Hay una ranura en la pesada puerta de metal para pasar las bandejas de comida, un pequeño inodoro de acero, una cama de concreto con aros gruesos en las cuatro esquinas (yo creo que así me amarrarán si me vuelvo loco), pintura despostillada en las paredes, y piso con nombres de pandillas y desesperadas citas Bíblicas talladas profundamente, y en todos lados, marcas gruesas contando los días pasados aquí hechas por residentes previos (algunas de las cuentas son aterradoramente largas).

La conmoción inicial al entrar a la celda — y todo lo que significaba para mi futuro inmediato — me llevó después de unos días a un pavor desesperante e impotente, y a una necesidad urgente de salir. Esta emoción tuvo que ser reprimida para evitar la locura, y con el tiempo una aceptación entumecedora tomó el control, pero era un arreglo precario. Una frustración desesperante hervía a fuego lento debajo de la superficie.

Cuando fui arrestado, al principio fui puesto en el hoyo contra mi voluntad en tres diferentes prisiones mientras que me movían de un lado a otro a través del país, desde San Francisco donde fui arrestado hasta Nueva York donde me juzgaron. La única razón que me dieron por este trato fue que yo era un criminal de “renombre.” Despues de seis semanas me dejaron salir y nunca regrese… hasta hoy. Esta vez, estoy realmente alegre de estar aquí porque la alternativa es amenazante a mi vida.

Fui forzado por otros presos a tomar una decisión: Agredir a alguien o ser agredido. Moralmente yo sabía que no podía iniciar la violencia contra otro, pero si me negaba, yo sería lastimado seriamente y enfrentaría un futuro incierto, sin saber cuanto tiempo estaría en el hoyo bajo custodia protectiva o si me mandarían a otra prisión donde encotraría el mismo destino.

Cuando la terrible situación sucedió, logré pedir custodia protectiva antes de que alguna cosa me sucediera. Fui esposado inmediatamente y escoltado a esta celda desde donde estoy escribiendo. Escogí el hoyo en vez de lastimar a otro hombre.

Cuando me tiraron en el SHU después de mi arresto, yo hice mi mejor esfuerzo, pero fueron unas seis semanas duras, llendo de una vida de libertad derecho a eso. Yo me puse a llorar cuando reciví mi primera llamada, y por una semana perdí toda noción de tiempo y fundación. Me hace sentir ansioso el solo recordarlo.

Quizás después de más de cinco años ya me he acostumbrado a servir tiempo, pero creo que es la manera en la que he servido mi tiempo la que me ha hecho mentalmente fuerte, eso ha hecho la diferencia entre como manejé el hoyo en el pasado y como lo estoy manejando hoy. Quiero compartirles esta sabiduría que me gané con sacrificio. Aquí están las cinco claves para la fuerza interna que he aprendido de mis cinco años en prisión.

Paciencia

Mi primera noche de encierro fue en una celda de detención en San Francisco: Solo concreto pintado, un inodoro y un lavamanos. Había manchas de sangre salpicada en la pared. Yo estaba esperando muy impaciente que esa noche se terminara. Yo casi que sentía que no la sobreviviría, porque nunca terminaría. Claro que terminó, pero yo nunca había sentido que el tiempo se moviera tan lento.

La prisión tiene su propio ritmo. Una vez, el conseguir dos pàginas de historial médico impresas tomó tres meses. Yo una vez tuve una llave de agua abierta día y noche por cinco semanas antes de ser reparada. Un inodoro tapado tomó dos meses y una queja a la oficina del Inspector General. En otra ocasión, yo vi una carta dirigida a mi en la esquina de la oficina de un guardia. Había estado allí por cuatro meses.

Yo he aprendido que la paciencia significa hacer lo que puedes hoy y luego soltar el control. Significa enfocarse en este momento y dejar que las cosas sucedan en su propio tiempo. La impaciencia y el aburrimiento no traen resultados más rápidos, pero sí te roban de tu felicidad aquí y ahora.

Voluntad de Luchar

Después de un día largo trabajando en un laboratorio como asistente de investigación en el 2005, mi mentor me preguntó si yo había alguna vez boxeado. Yo le dije que no, y que ni había estado en una pelea verdadera antes. Comparado a muchos, yo crecí protegido en escuelas y colonias seguras. Yo no tuve necesidad de pelear. Entonces el saco unos guantes de 14 onzas y nos dimos unos asaltos en el pasillo de afuera de nuestra oficina, sacándonos el estrés y divirtiéndonos. Desde entonces, cuando el estrés del trabajo aumentaba, sacábamos los guantes en la noche antes de irnos a casa.

Cuando yo fui arrestado y puesto en la cárcel, tuve que enfrentar a un oponente en una pelea verdadera por primera ves en mi vida. La fiscalía quería quitarme mi vida o como yo la vivía. Ellos querían — y siguen queriendo — ponerme en una jaula para siempre. Me encontraba en un campo de batalla ajeno y mi oponente tenía todas las ventajas. Estar encerrado en un centro de detención inicialmente fue como pelear estando debajo del agua, usando la mayoría de mi energía para sobrevivir el día-a-día y lidiar con la burocracia,

En el juicio yo entré al cuadrilátero esperando tener una oportunidad, tener una pelea justa. Pero cuando a mi abogado no le fue permitido questionar a los testigos de la fiscalía y no le fue permitido llamar a los míos, mis manos fueron atadas tras mi espalda. Y cuando a la fiscalia le fue permitido esconder a los agentes corruptos de mi jurado y presentar evidencia digital inconfiable y contaminada, fue como darles un bate de metal. Eso no fue una pelea. Fue una

masacre. Las pérdidas seguían viniendo, primero en la corte de apelaciones, y luego en la Corte Suprema.

Yo recuerdo una ves cuando yo decidí quedarme tarde en el patio de la prisión. El sol decendía, y eramos nomás unos cuantos y yo allá afuera. Caminé hacia una mesa para picnics de metal donde un hombre que llamaré Big Mike estaba sentado solo. Mike era la persona más grande que he conocido. Él pesa el doble de lo que yo peso, y sus brazos son tan gruesos como mis piernas. Él una ves me dijo que no hace ejercicio porque si lo hace se agranda mucho y asusta a las personas. Nosotros platicamos por un rato y me habló sobre los argumentos que el prepararía para su siguiente moción a la corte.

— Yo necesito continuar trabajando en mi caso todos los dias hasta que salga libre, — Yo le dije, inspirado por sus esfuerzos.

Su expresión se volvió seria. Él me miró fijamente y luego me dio una exhortación por media hora que solo terminó porque nos sacaron del patio al anochecer.

— Sí, debes hacerlo, — el dijo — . Nadie va a pelear por tu libertad como tu. Esta gente te tienen atado en un nudo y tu nunca saldrás si no batallas y luchas. Tù estas peleando por tu vida. Ellos te quitaron tú vida. Solo tu la puedes recuperar. — Él seguía hablandome al entrar al edificio habitacional — .

Mike había peleado toda su vida. Él creció en las calles de Philly. Él peleó para sobrevivir, y ahora el estaba peleando para sacarme las últimas pizcas de duda y derrota que quedaban en mi corazón. Él ganó esa noche y encendió un fuego dentro de mi que ha estado ardiendo desde entonces.

La voluntad de pelear es primal. Está dentro de todos nosotros. Así como yo, muchos de nosotros nunca la hemos necesitado y se mantiene latente. Pero no necesitas esperar hasta que estes bajo ataque y tu vida esté en peligro para aprender a pelear. Tu puedes pelear por los que amas, por lo que importa, por lo que tu eres, como si tu vida dependiera de ello. Y verdaderamente que depende de ello porque una vida que vale la pena vivir es una por la que vale la pena luchar.

El Perdón

Unos cuantos meses después de que fuera sentenciado, yo estaba acostado en mi cama despues de que la puerta de la celda había sido cerrada por esa noche. Mientras que mi mente consciente se detenía y él sueño se acercaba, los rostros de los que me encerraron de por vida burbujeaban en mi mente y capturaban mi atención:los jueces, fiscales, políticos y agentes, y ellos me veían hacia abajo con sonrisas burlonas. Un coctel de emociones acompañaba a estas imágenes, incluso enojo, frustración, impotencia, e incluso el comienzo del odio. Mi corazón latía rápido y mi mente corría hasta que repentinamente desperté completamente y me quedé acostado tratando de volverme a dormir. Después de unos cuantos ciclos de eso, me senté en la cama. Esa no era la primera vez que yo no podía detener esas emociones negativas. Yo tenía que recobrar el control.

Mientras que estaba dándome vueltas en la cama, esas personas estaban probablemente durmiendo, profundamente y cómodamente, en camas grandes y cómodas, en casas grandes y cómodas. ¿0 no? Quizás ellos también estaban sentándose en la noche atormentados por el pensamiento de todas las personas como yo que ellos han condenado. 0 quizás a ellos no les importa y racionalizan el dolor para deshecharse de él. La verdad, yo me di cuenta, era que yo no tenía idea. Y aun más, que mi ira no los estaba lastimando a ellos ni un poco. Todo eso estaba ahí conmigo en la celda. Yo no me estaba vengando de ellos al guardarles rencor, pero me estaba envenenado la mente.

Así de repugnante como se sentía al principio, yo tuve que perdonarlos. Yo cultivé apropósito pensamientos como “no fue personal, ellos ni me conocen” y “sus corazones deben de estar muy insensibles por lo que ellos hacen, yo siento lástima por ellos.” Yo me enfoqué en pensamientos de amor y bondad y me imaginé que esas emociones radiaban hacia afuera y que iban a sanar a los que me habían lastimado. Yo no se si eso tuvo un efecto en alguno de ellos, pero ciertamente pude comenzar a dormir mejor.

Al pasar el tiempo, yo me hice un despiadado contra los pensamientos de odio cuando ellos entraban a mi mente y los cambiaba inmediatamente como lo había hecho esa noche. Yo no podía permitirme disfrutarlos porque había logrado aprender esta simple verdad: el odio no lastima a los odiados, lastima a los odiosos. Han pasado años desde la última vez en la que desperdicié energía odiando a esas personas y me siento mucho mejor por haberlos perdonado.

Fe

Habiendo sido condenado a envejecer y morir en prisión con dos sentencias de vida más 40 años es como mirar hacia dentro de un abismo. Mi futuro según lo que yo pensaba desapareció, siendo remplazado por obscuridad e incertidumbre. Al enfrentar esta pesadilla, la fe se convirtió en una situación de sobrevivencia.

El diá que fui sentenciado, yo regresé al centro de detención y reciví abrazos, condolencias y una comida caliente de mis compañeros prisioneros. Cuando encontré un poco de tiempo libre esa noche, yo vi dos caminos delante de mi. Uno era una espiral hacia abajo. Yo podía ver que entre más decendía, lo más dificil que sería escalar de regreso. Al fondo, los demonios de la desesperación, el odio, y la tristeza abrumadora me esperaban para devorarme. El otro camino subía hacia arriba, pero yo no podía encontrar los escalones. No había ninguno. No había razón para tener esperanza de la que me pudiera sostener.

En los siguientes meses, tuve que brincar, tropezar y gatear hacia el camino que ascendía. Con toda la evidencia en contra, yo tuve que tener fe en que Dios me cuidaría a través de cualquier cosa venidera. Me di cuenta que yo no soy lo suficientemente fuerte por mi mismo para evitar caer dentro del abismo siempre presente. Quizás sea algo irracional el creer sin evidencias, el tener fe, pero también es irracional el abandonar la esperanza el amor y el gozo que la fe produce, porque te da la fortaleza para pelear y ultimadamente ganar. En una situación tan desesperada como la mía, mantener la fe viva es la diferencia entre la libertad o una lenta, muerte enjaulado.

Aceptación y Gratitud

Hay oportunidades sin fin para sufrir en prisión. Tu puedes sufrir cuando te encierran en la celda y sientes como que vas a explotar si no puedes salir, cuando tu espalda tiene espasmos por la dureza de la cama, cuando estás enfermo y te sientes aislado, cuando notas la suciedad, cuando la puerta se cierra de golpe detrás de tus seres queridos después de una visita, cuando sientes que te ahogas y que solo necesitas un último día de libertad para respirar, cuando deseas seguir durmiendo pero te tienes que poner las botas porque que tal si sucede un motín, cuando te imaginas que el cuchillo que picó al último hombre te está picando tu carne, cuando te das cuenta que no has tenido un momento de privacidad en años y que todo a tu alrededor es frio y duro, cuando alguien muere sin poderte despedir de el o ella.

Yo he tenido ocasiones innumerables para sufrir. En cada caso el dolor es inevitable. Te pega sin advertencia y lo sientes, ya sea que te guste o no. Y claro, el dolor por naturaleza no es agradable. Nuestra reacción natural es resistirlo, pelear contra él, y alejarlo o suprimirlo. La aversión al dolor es sufrimiento.

El reistir lo que es y desear algo mejor es sufrir. El dolor y el sufrimiento parecen estar inevitablemente encerrados en prisión, pero yo he aprendido que el sufrimiento no es la consecuencia inevitable del dolor.

Mientras que el dolor es inevitable en mis circunstancias, el sufrimiento es completamente opcional. El dolor, aun el dolor emocional, es solo una sensación física: el nudo en mi estómago, el dolor en mi corazón y mi cabeza. No es ni positivo ni negativo en si mismo. Solo es. El sufrimiento es nuestra respuesta negativa al dolor que lo combina y lo amplifica y lo arrastra continuamente.

Yo he llegado a creer que el antídoto para el sufrimiento, al camino hacia afuera, es la aceptación y la gratitud. La aceptación cambia el “Yo no puedo aguantar otro día más en este infierno” a “estoy donde estoy, y sí, me duele.” La gratitud va un paso mas adelante: “Por lo menos tengo agua limpia y suficiente comida. Por lo menos estoy vivo y estoy sobreviviendo. Gracias.” El sufrimiento siempre se presenta en el contexto de la insuficiencia porque tu quieres lo que no tienes. La aceptación y la gratitud voltean tu contexto a uno de abundancia porque tu te enfocas en lo que tienes y agradeces por ello. Es la diferencia entre la miseria y el gozo y está disponible para cada uno de nosotros en cada momento del día.

Entonces aquí estoy en el hoyo, contando mis muchas bendiciones y rechazando permitirme entrar en el sufrimiento. Ojalá que tu puedas beneficiarte de estas cinco claves para la fuerza interna sin tener que atravesar lo que yo he vivido. Eso sería una buena consolación, el saber que lo que me pasó a mi pueda ser de beneficio para ti. Esa es una cosa más por la que puede agradecerse.

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Ross Ulbricht

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